Para mi amiga argentina: Norma Aristeguy

Para mi amiga argentina: Norma Aristeguy
A toda edad se regalan rosas y estas son para ti.

sábado, 15 de enero de 2011

NOCTURNO


La imagen que acompaña este trabajo pertenece a la colección

“Ezuaguaraguas”. Composición de la pintora Susy Mateo, (Madrid), y la

manipulación digital de Ezu, (Cádiz, sur de España)

NOCTURNO


Cerrar la ventana. Recogerse. Entregarse a la noche, a sus
misterios, a sus sorpresas. Inclinarse al silencio y a la maravilla de la intimidad. Correrse del anhelo y la mirada huracanada de los otros. Gritar desde los pensamientos.
Acallarse. Reposar.
Sentir al alma despojarse, llorar, reír, acomodarse a ella y acurrucarse en el sueño de los hijos. Arropar su indefensión, su ingenuidad y amarlos, amarlos a solas, al tenue aliento de sus boquitas siempre infantiles, aunque sean ya hombres o mujeres.
Todo calla. El mundo es nuestro. Sin la intromisión de la verdad ajena, del juicio sin valor.
Soledades que bailan en recuerdos a nuestro alrededor, sólo porque son invocados, invitados a la orgía nocturna de imágenes somnolientas.
Observar la larga fila de sombras en el techo de la casa que nos cobija y dejarnos llevar por el mundo de las ideas. Recordar...
Envolvernos al abrigo íntimo de la fantasía, en un hilo finísimo que sólo teje la oscuridad del futuro, travieso y agazapado, inevitable y de groseras dimensiones.
Sostenido compás de espera hacia la desintegración. Pero no hoy, ni ahora.
Me estiro perezosamente en la danza quieta y sensible de algún ruido lejano.
El bostezo precede a la entrega. Me dejo llevar.
Dormir, con el permiso de nadie.
Recién mañana volveré a abrir la ventana y compartiré otra bocanada de luz y de espacio, en el cotidiano y soleado deambular.


NORMA ARISTEGUY

UNIDOS POR LA FORMA, EL COLOR Y LA PALABRA.

lunes, 10 de enero de 2011

A OSCURAS




Papel que asesta el primer Misterio. ¿Quién es este profeta aún sin versos?
Conflicto blanco, de ausentes, testarudas y femeninas palabras. Anónimos y galopantes pensamientos, hablan desde mis alturas, necia y apresurada los disputo, los presumo… para soltarlos en la mirada o defenderlos en sonidos.

Cierro los ojos: realidad de medias luces, se agazapa, me seduce y me devora.
Estoy aquí plantada a solas, florecida en el abismo, todavía de pie en este efímero universo.
Zamarreo de los sueños a los que dibujo la esperanza, o a los que asumo cada noche con amores y con odios, que mueren, cada vez que me despierto.

Pequeñez la de mi nombre, misteriosa danza del nacer. Insignificante destino como tantos.
Soy el roce casual, ¿casual?
La agresión repentina, el beso arrumbado, el saludo de los días, el vientre que desborda, la palabra y el silencio.

¿Dónde voy cuando llego y no he estado? ¿Por qué mundos he vagado en la falda de mi sombra?
¿Por qué entorpezco a la razón atolondrada en latidos?
Ramalazos de inocencias… cargar la niñez a upa con el tiempo a cuestas. Tiempo, dios astuto y socarrón, él sabe que creo saber, y me permite esa licencia.

Absoluto del error, imposibilidad a carcajadas para modificar lo acontecido. ¿Dónde se ocultan los duendes?
¿En los pentagramas sordos? ¿En los libros ciegos? ¿En los nombres de los hijos? ¿O en las dueñas del idioma, las vocales?
¿Dónde espera el color de las hojas que van a morir?
¿Dónde va el personaje que su autor ha de matar?

El artista a dado a luz, la imagen en libre albedrío. Es magia que conmueve, que sacude. ¿Qué hace que la sufra o la disfrute?
Se contonea y se esfuma en eco eterno, el fantasma gutural de la Existecia, gritando como loco de espaldas al planeta.

Es el grito solitario de mis antepasados y de los que me seguirán.
Descolorida indiferencia me persigue, le pisa al alma los talones.
Sin embargo, en esta promiscuidad de incertidumbres…

Todavía me sorprende vivir después de tantas muertes.

Norma Aristeguy

domingo, 5 de diciembre de 2010

EL TAPIZ (A las mujeres del planeta)


El entretejido de los hilos me lleva a un enorme castillo, que en punto cruz desemboca en un colorido jardín. Las torres se alzan hasta las nubes más bajas. La trama viaja por los gritos de los caballeros, que montados en enormes corceles, llegan de alguna cruzada.

Es interesante pensar cuántos cuerpos infieles habrán atravesado sus espadas, atadas con la túnica o el pañuelo de alguna dama, que aunque parezca imposible, mantiene cautivos sus corazones.

Los puntos oscuros a la izquierda, destacan la crueldad de batallas medievales. Pesada herencia que se adorna con valientes armaduras.
Traen desde tan lejos en el tiempo, sangre, desafío y provocación. Parapetados en escudos de metal hacen de las ideologías, el puente conductor de los mejores delitos. Las enormes cruces de sus estandartes, los perpetuarán en una eterna guerra santa.

Los hilos se entrecruzan solidarios con sus armas, y el gentil y leal caballero, trabará batalla para probar su fidelidad religiosa. Para probar su virilidad y su devoción nacional.
Hoy, la devoción es particular, concisamente individual. En más de uno de ellos, somos un sueño de poder prometido a algún ser querido, como muestra de su realización y de sus logros.

Los principios austeros de la actual nobleza han cambiado, les preocupa nuestro bienestar y libertad. Pero no vienen a caballo, conducen desde las alturas, rodeando sus guaridas con altas defensas.
Las cruces a la derecha de la labor, hacen un entramado de voces que gritan lo que se oye, pero esconden detrás del símbolo rojo, toda la violencia y la ambición, que porta su dignidad superior.

Bordando. Bordando. Llegamos a los hilos dorados de las damas medievales. Soportando tiempos de queridas sometidas. Vestidos, capas y mantos en cruces de diferentes tonos. Adornos dorados y relucientes, para llevar el ojo visor hacia la abundancia de colores aparentes, que empujan la tensión a un sólo plano del tapiz.
Ahora los hilos se transforman en homenajes destacados un día al año. Y el clavicémbalo se ha transmutado en un bombo gigante que nos hace independientes, seguras y con poca ropa; y muchísimas tareas de responsabilidad, para las que no serían suficientes, todas las cruces surgidas, de todas las agujas del siglo.
Ya sin las lujosas y a veces abultadas y siempre largas faldas, hoy lucimos fastuosas hilachas brillantes, y en hilos de plata y oro, bosquejamos el cuerpo perfecto, desde escaparates electrónicos y mesas opulentas.
Los nudos del bordado disimulan el trofeo, son el ajuste de cada hilo que en masculinidad compartida, pinta cazadores de bisontes.

Casi sin variabilidad en los tintes modernos, nuestro caballero también trae el objeto cazado, y lo deposita a los pies de su dama, para que ella lo cocine mientras cuida del patrimonio familiar, de los hijos y del honor que pende de una placa, o de alguna herramienta que pusieron en sus manos cuando se abolió la esclavitud.
El inmenso castillo que aparece entre las cruces, en magnífico degradé de tierras y ocres, no permite vislumbrar en su interior, a alguna mujer con derecho al arte.
Por eso hoy orgullosamente, algunas pintamos, otras escribimos. Sin disponer de espacios tan grandes aunque, con un “cuarto propio”, con el que tampoco todas podemos contar.

En medio de esta liberadora independencia y plenitud de acción que hemos logrado, a veces consigo llegar a la concentración, a la reflexión y a la resolución, en medio de la vorágine de mis antiguas y nuevas obligaciones.
Me he quedado prendada de este tapiz que me permite bordar pensamientos en los momentos libres, sin dejar mis tareas de lado, sin verme
obligada a deshacerlo en las noches por la obligación de casarme con nadie, sin tener que desperdiciar hilo para ayudar a un amor, a salir de algún laberinto; sin esperar la llegada o el permiso, de un caballero retrasado en la cacería de nuestro alimento.
Ahora que he conseguido que al cabo de los siglos, la libertad del arte, me marque para siempre, sólo necesito del tiempo y del espacio, que me permitan las múltiples ocupaciones que han traído a mi vida, las conquistas sociales y políticas.
Falta la última hilera de puntos. Deberé sacrificar mis horas de sueño para terminarlo, y poder expresar así, su totalidad temática.
Será un maravilloso almohadón para que repose el cuerpo de mi amado.



Norma Aristeguy

domingo, 10 de octubre de 2010

EL SALVAMENTO


La nave se hundía de punta, como si el cosmos se hubiese dado vuelta y un enorme peso se clavara en las aguas, en busca del fondo.
En medio de la tormenta otra cabeza junto a la suya se asomó sacudiéndose, ambos trataban de respirar, ya eso era un milagro. Salir de allí vivos, sería el otro.
Era de madrugada, el sol iba apareciendo cortando en rojos y naranjas el firmamento. La arena blanca recibía a la espuma que se iba para volver, coqueteando en un eterno juego con el paisaje marino, como una ostra gigante que atrapaba la mirada y el goce más allá del horizonte. Aquel verano su amigo y él, habían tratado de olvidar penas de amor y desencuentros con sus mujeres, viajando los dos de vacaciones a esa costa lejana , alejada de turistas bulliciosos y formalidades mundanas.
Sólo el mar, las gaviotas, algunos lugareños y ellos dos.
Fue precisamente lo contrario de lo que lo tenía preso en esa situación. El mar ya no era el mismo que miraba entonces desde la costa, ansiando quedarse allí, morir allí.
Lo enfermaba el balanceo de la nave en la que habían embarcado dos días antes en medio de la algarabía, el ruido y todo lo que detestaba, sólo por complacer a Lucía. ¡Lucía! No recordaba cuándo la había visto por última vez en el buque. Todo había sido como en un sueño, como en una película. Los gritos, las corridas, en medio de la noche iluminada por los relámpagos.
A orillas del otro mar, porque aquél había sido otro, calmo, azul turquesa, que se contoneaba en olas, para desmoronarse mansamente al llegar a la playa. Su amigo y él sentados en la arena charlaban con un manto de tiempo interminable, sin relojes, sin otra cosa que hablar de amores y rencores, de coincidencias y desavenencias con sus mujeres. Ventilando los sentimientos en palabras, todo parecía menos inquietante. El ruido del mar era una danza majestuosa incapaz de dañarlos, incapaz de dejar otro recuerdo que la belleza del lugar.
Ni restos se veían del barco y sólo la otra cabeza masculina y él, asomaban como un periscopio al acecho de la costa . A su alrededor el oleaje los hundía o los llevaba tan alto, que él temía ponerse al paso de algún rayo.
Parecían dos sobrevivientes del planeta. Como si el mundo entero hubiese desaparecido y sólo quedaran ellos dos, o sus cabezas. Era curioso pero ninguno hablaba como si les fuera imposible hacerlo. Notó que la situación le daba alguna ventaja. Podía ver todo al mismo tiempo, como si tuviese varios ojos, como un animal exótico. ¡Qué no hubiese dado por saber la hora! Saber al menos cuánto faltaba para el amanecer. Con la luz del día quizá alguien podría rescatarlos. El capitán había dicho que se habían alcanzado a hacer pedidos de auxilio.
El sol alumbrando el espacio, años llevados en los hombros. Aquella juventud encaminada hacia el espíritu que buscaba amaneceres lejos de la multitud, enamorados del mar y de la vida. De la Naturaleza.
El mar que esa noche se había transformado en su enemigo, castigándolos, hablándoles con sonidos sordos y groseros, apabullando a sus cabezas aturdidas, ante ese gigante embravecido y solitario. El otro, el desconocido, tiene la mirada fija en él, están ahora casi juntos.
Recuerda a aquel amigo al que no volvió a ver, que siguió recorriendo océanos y mundos, mientras él había vuelto a Lucía y habían seguido un camino diferente del que él deseaba. Pero la amaba, así como era, superficial, mundana y a veces ingenua. Lo comprendió cuando la ausencia de ella en aquellas vacaciones lejanas, había comenzado a pesarle.
Le extrañó no haberse topado con algún animal voraz, por momentos lo aterrorizaba la idea, pero al menos no se había dado cuenta, si los había habido, sería mientras ellos cansadamente dormitaban en el agua.
Llegó el día y con él un avión paso al ras de ellos, no tenían fuerzas ni para agitar sus brazos. Pero una nave de gran porte se les estaba acercando, seguro que el piloto del avión había pasado el reporte de su presencia.
Otra vez el sol tiñéndolo todo de dorado, otra vez haciendo las paces con los visitantes. Como si nada hubiese sucedido. Como si el mundo, la luz y la oscuridad se hubiesen hecho otra vez. Como si el primer vegetal hubiera salido a la orilla.
El barco se les acercó, bajaron botes para el salvamento.
“¡Son dos cabezas!” “¡Sólo dos cabezas!” gritó uno de los muchachitos uniformados, con gesto horrorizado.
Todo se dispuso en la cubierta para ser recibidos.
Sobre dos lonas muy limpias y en medio de un silencio estremecedor, se colocaron las cabezas de los náufragos.



Norma Aristeguy

domingo, 1 de agosto de 2010

EL SECRETO


LA IMAGEN "SUEÑOS" QUE ACOMPAÑA A ESTE RELATO ES DE LA PINTORA MADRILEÑA SUSY MATEO.

POR ESO HEMOS DADO EN LLAMAR A NUESTRO TRABAJO: UNIDAS POR EL COLOR Y LA PALABRA.



Casi rosado, todo el paisaje marino se ha trasformado en postal de tiempo y agua.
El cielo cae varias veces sobre la costa y un puñado de nubes la cubre más acá del horizonte. Se oye el grito impertinente de algunas gaviotas que cruzan y se pierden, como si fueran sólo una visión del hombre que se ha quedado observando el oleaje, atónito ante tanta belleza, ya olvidada, desechada.
El sol escondido detrás de las nubes hace dudar del color aparente, si es el mar que está tan alto, o si está tan abajo, que se lo puede caminar, oler, oír y padecer. Hay momentos afortunados que se disfrutan hasta el dolor, ante semejante apariencia.
Viene desde muy lejos cayendo de un azul oscuro, trae turquesas y celestes, muriendo en la orilla, en una espuma rosada transparente, que hace pensar en que así sería el paraíso al caer el día, si existiera.
El hombre permanece absorto. Parece una escultura, pensada para embellecer aún más el lugar.
Alto, muy delgado, parece la sombra de sí mismo. La soledad acecha desde su figura. Sus pies hundidos en la arena van sorprendiendo al agua del atardecer.
Está en actitud de espera.
De pronto hace un leve giro a su derecha. Una mujer camina hacia él. Es menuda y puede percibirse una forma distinta de moverse, distinta de la vida. Parece una forma sensual de muerte.
Viene vestida con telas transparentes que se mueven con el viento que no hay. Esas transparencias permiten ver un cuerpo redondeadamente femenino. Su pelo negro y largo está muy quieto, cae sobre los hombros, ondulado y serpenteante.
Trae los brazos hacia delante. No se distingue al primer golpe de vista qué es lo que carga en ellos.
Se va acercando y definiendo la sombra translúcida.
Trae consigo una figura igual a la de ella, igual de transparente, pero no tiene siquiera el leve vestido que la cubre, está desnuda.
Se le destaca mucho más el pelo oscuro, porque contrasta con la blancura de su sustancia. Se la ve tan leve, que no da muestras del peso en los brazos de quien la trae, casi abrazada.
Él, no parece sorprendido. Cuando se juntan las siluetas, en un ademán generosamente envolvente, las rodea, las ayuda prestándoles su sombra, y se internan los tres, perdiéndose… en la espesura rosada azul del agua.
Ese anochecer ahora rojizo, es el espía avergonzado, del secreto de la muerte.
El mar, el firmamento, la tarde y la noche, esperarán por nuevas almas.
Y volveré…seguramente.
Norma Aristeguy

domingo, 20 de junio de 2010

25 DE MAYO DE AYER. (Mujeres del mañana)


(¿Será posible? ¿a quién habrá salido tan rebelde esta chica?)mirá nena, es la hora del baño así que basta de caprichos! Pero yo me baño los sábados y domingos no quiero ahora! (Se me hace tarde y ésta sigue con su empaque) escuchame, tenés que bañarte para ir al colegio y yo tengo que irme a trabajar, nena por favor, ¡basta! ¡dejame desvestirte te digo! La madre tironea hacia abajo el pantaloncito de la nena mientras ésta se lo vuelve a subir, con un gesto de enojo que frunce su boca. (Tengo que convencerla de alguna manera, no va a poder ella más que yo, caramba!) dejate bañar porque si no, no ves dibujitos hasta mañana, no me importa yo quiero ser libre. Pero ¿qué decís? dejate de pavadas. La madre vuelve a tironear de la ropa, logra quitarle la remera, pero cuando baja el pantalón, la niña vuelve a tirar hacia arriba. ¡Te dije que no quiero!(tengo que encontrarle la vuelta, no sé qué le pasa hoy)¿no querés ir a la escuela?, sí, pero quiero ser libre como esas señoras que el rey no les puede decir lo que tienen que hacer! (No… a esta chica le pasa algo, no entiendo)¿qué señoras? ¿qué estás diciendo? Esas señoras que se juntan en la plaza y no quieren que el rey las mande, porque ellas quieren ser libres! ¡Y yo quiero ser libre como ellas! Las señoras y señores que gritan en esa plaza, yo quiero ser como ellos, y quiero ir a la plazoleta a jugar, ¡no quiero bañarme!¡a mí no me dice el rey que me tengo que bañar, y tampoco que me tengo que cambiar de ropa!

Norma Aristeguy

viernes, 18 de junio de 2010

CUANDO ÉL SONRÍE


Convertirme en mariposa, para quedarme prendida de su sonrisa, afable y tierna. Quedarme protegida entre sus labios del soplar de otros alientos, de la irreverente mirada de los otros, que no me ven como él.
Quedarme en el borde y mirar hacia adentro de su boca, y descubrir los secretos más guardados, los sublimes y los otros, los que no se dicen, no se cuentan.
Aletear sobre sus poros extendidos y abiertos a mis motas de colores.
Revolotear entre sus dientes y posarme en esa lengua que dirá palabras apasionadas, palabras de hombre intrigado, ante mi vuelo de arrogancia.
Vestirme de dorados muy brillantes para provocar al sol y aliándome con él, despojarlo del brillo en la mirada para que sólo me sienta, y no me mire. Para que sólo me escuche y no me mire. Para que me abrace y no me mire.
Sólo me falta un perfume que no tendré, porque he de quedarme con él, antes que ir a buscarlo a la flor. Eso me robaría tiempo, me privaría del placer de enredarlo con mis giros y apabullarlo con mi luz.
Lo rondaría con descaro hasta conseguir su sonrisa cada vez que yo le llegue, revoloteando con el mismo encantamiento, con el mismo descaro de mujer enamorada en otra vida, en una vida anterior que me dejó prendada, aún en ésta.
Pero entonces llegará la realidad, y aunque consiga adentrarme en sus secretos, aunque consiga nuevamente su sonrisa, él seguirá siendo un hombre, y yo, a pesar de la seda y los colores, seguiré siendo una oruga.

Norma Aristeguy

domingo, 27 de septiembre de 2009

MARGOT




Boedo y San Ignacio. Volver al café después de tantos años... Todo está como entonces, aunque un poco más iluminado, y quizá menos coqueto. Sin embargo su calidez es la misma. Ocupo como en aquellos tiempos, la mesa junto a la vidriera para esperarla, para verla cruzar la calle, descubro que su recuerdo aún lastima, como un broche invisible que aprisiona el alma y los sentimientos.
Cierro los ojos y la veo: sentada en frente de mí. De mirada penetrante y nariz pequeña. Una levísima sonrisa que a veces me hace dudar si realmente está sonriendo o me parece. La blancura de su piel tersa y límpida, me impulsa al roce, a la caricia. Un peinado que le da el marco perfecto a ese rostro de porcelana, con una onda profunda de su renegrido cabello, sobre la frente ancha. Dos aros circulares penden de sus orejas que parecen hechas para el beso, para el susurro de palabras varoniles y secretas.
Es el centro de las miradas envidiosas de las demás mujeres y de admiración, de la concurrencia masculina.
Tiene un vestido turquesa, algo escotado que permite adivinar sus pechos sedosos y turgentes, sobre su cabeza una boina azul apenas inclinada hacia un costado. Está bellísima. Hay algo que asoma desde su figura, algo contundente, que transmite seguridad, firmeza, algo que enamora, que deleita, que apasiona.
Tiene también misterio. O por lo menos los tiene para mí.
La sola sospecha de que haya otro hombre en su vida, me aterra. Aunque ésa fue su condición para dejarse amar, no preguntar, no querer saber más de lo que me dijera, pero es tan poco lo que me dice y es tanto lo que la quiero que me duelen sus silencios, su falta de respuestas. No sé dónde vive aunque la he seguido en más de una oportunidad, pero se esfuma como un fantasma. Cuando pierdo la paciencia ante su retraso a nuestras citas en este lugar, me amenaza con irse y no volver.
Esta noche será especial. Me ha invitado a una fiesta que da un amigo suyo. Me pone feliz. Es una muestra de confianza de su parte. Siento que por primera vez va a compartir un pedacito de su vida conmigo.
La espero en el café, su tardanza me pone muy nervioso, en realidad, tengo el temor de que no aparezca, pero siempre llega. Salimos.
Un vestido negro, ajustado al cuerpo que muestra sus curvas pronunciadas y su andar felino la cubre. Un cuello de encaje no muy alto y que cae con gracia sobre su pecho le da un aire ingenuo y delicado. Pero el toque distinguido lo dan sus guantes largos hasta el codo, del mismo encaje que el de su cuello. Un collar de perlas blancas se luce en su garganta. Los zapatos de taco muy fino y alto la llevan a mi lado y me siento su rey.
Tomamos por Quintino Bocayuva y nos detenemos frente a una casona con ventanales muy grandes y desde donde vienen los ecos de un vals.
Descendemos del coche. Se toma de mi brazo y hacemos los veinte metros que nos separan de la puerta principal. Entramos.
Hay mucha gente. El salón está colmado. Los cortinados están corridos para dejar entrar la noche. Todo reluce ante tanta luz y los grandes espejos, como si fueran paredes de cristal, nos devuelven nuestras siluetas, jugando con la fantasía de compartir la velada con muchos más de los que estamos.
Una anchísima escalera con impecable alfombra azul pastel conduce a las habitaciones de la planta alta.
Tal vez no sea éste precisamente el momento, pero yo moriría ahora, a su lado. Los músicos de Varela hacen su entrada, cambiamos de ritmo. “Es la historia de un amor, como no habrá otra igual...” la letra de la canción cambia mi ánimo, aunque está de moda, no me gusta oírla, sus versos me conmueven y me entristecen, es que yo nunca podría comprender “todo el bien y todo el mal” lo único que puedo comprender es que amo a Margot y que sin ella, nada valdría la pena.
La tengo sujeta en un abrazo que le abarca toda la cintura, palpo su respiración agitada. Me enternece, me siento más hombre. Ella consigue sacar lo mejor de mí. La cadencia del tango que nos une, me excita; sus muslos tocando los míos, su cara apoyada casi en mi hombro y su respiración junto a mi mejilla, me pierden. La aprieto más, más fuerte. –“Por favor Mario, que no estamos solos.”
El comentario le resta magia a este instante, y la separo, la miro a los ojos y descubro que no es ella, no al menos, mi Margot. La siento fría, su mirada esquiva la mía y pasea curiosa por el lugar. No hubiese imaginado jamás que la gente podría intimidarla. Le pregunto si se encuentra cómoda y me invita a salir.
Nos dirigimos al gran parque trasero, hay mesitas con sombrillas cerradas, muchas flores, algunos árboles y parejas que aprovechando la media luz se besan.
Margot mira hacia el cielo. La noche de verano toda estrellada y el perfume nocturno de los jazmines lo vuelven a uno vulnerable. Intento acercarme pero ella está distraída, lejana, y hasta me parece descubrir en sus ojos el brillo de las lágrimas. Lo niega. Me distrae contándome del dueño de este lugar. Dice que él y su mujer forman una pareja ideal, que son el uno para el otro.
Casi no la escucho, buscando la forma de bajar sus defensas. Por fin, la estrecho fuertemente y la beso primero con ternura y luego con pasión.
Al día siguiente, recuerdo que me levanté muy tarde. El sol pegaba ya fuerte y el calor de enero en Buenos Aires era insoportable. Mientras bebía un vaso de limonada fresca, reviví la noche en que conocí a Margot. Su voz llenaba el lugar cantando “Caminito”, era tanta su emoción al entonar la canción, que quiénes la escuchábamos vivíamos como una especie de encantamiento, y su voz era el vehículo hacia el alma de cada uno de nosotros. Reinaba un silencio respetuoso en el café, donde se la oía con devoción.
Me había enamorado perdidamente.
Me asomo al balcón. La ciudad está silenciosa y solitaria. Muchos se han ido de veraneo.
Enciendo la radio, la orquesta de Héctor Varela nuevamente, me arranca una sonrisa donde se mezclan el recuerdo de la noche anterior y el gusto por el buen tango..
Las noticias interrumpen la música, no hago caso hasta que escucho el nombre de Margot. No entiendo lo que dice. Aumento desesperadamente el volumen: “...la distinguida cantante ha sido hallada muerta esta mañana en su domicilio. Se cree estar ante un hecho de suicidio. Los restos de la Dama del café de Boedo y San Ignacio serán velados en...”

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A veces se pregunta por qué ha vuelto cada mañana de su vida a ese café que le trae tantos recuerdos, cuando debiera haber seguido su vida en otra parte, y de otra forma, tratando de olvidarla. Sin embargo su recuerdo es cada día más fuerte, como si estuviera viva, como si la hubiese visto hasta ayer.
Luis Miguel cantando “La historia de un amor”, le gustaba mucho más como tango, le gustaba bailarlo con ella. Y aquella noche se le cae sobre la mesa, ocupando todos los lugares del recuerdo y de su alma.
La fiesta de su aniversario de bodas. Y Margot abrazada a ese tipo, a ese desconocido. Le había hecho saber esa misma tarde que se casaría con otro si él no ponía fin a su matrimonio. Mientras bailaban ella parecía refugiarse en él, se abrazaba fuertemente, entregada y mansa. Mientras el hombre la acariciaba y le susurraba algo al oído.
Una ráfaga de celos, de indignación, lo envolvieron hasta cegarlo. Los vio salir al jardín, dejó a su mujer y con el pretexto de fumar un cigarrillo los siguió. Los miraba desde lejos, la silueta de los dos, unidos en un beso y un abrazo más que apasionado lo colmó de rencor y de furia.
No la vería nunca más. No se merecía saber que había llegado a un arreglo con su matrimonio. El trato era que la fiesta de esa noche seguiría en pie, pues la gente estaba invitada, entre las cuales había algunas grandes personalidades, pero su esposa se iría de vacaciones al día siguiente y a su regreso harían pública la noticia de su separación.
Betty era mujer de respetar las convenciones sociales. No había hecho reproches ni parecía sorprendida, sólo se había dado vuelta para que él no la viera llorar cuando lo hablaron. Su primer pensamiento había sido que luego de la fiesta, correría a casa de Margot y le daría la buena nueva. Pero ella no había querido esperarlo, o al menos era lo que él había interpretado y ciego de celos y de amor propio, aquella noche, maldita noche, la dejó sola con su destino. La dejó esperarlo en vano, mientras él se fumaba un cigarrillo tras otro, hasta bien entrada la mañana, maldiciendo a la mujer que amaba.

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Acompaña a Mario a la puerta principal. Está amaneciendo. Lo besa casi con amor, un amor diferente del que siente por Santiago. Le sonríe. Él le da las gracias por permitirle llevarse una foto suya que había sobre la mesita del living.
Se va feliz. Han tenido una noche de pasión, pero se va sin saber que han sido tres personas, las que han ocupado esa cama.
Se siente triste, muy triste. Su desafío la ha perjudicado. Había experimentado desazón, culpa, por haber enredado en su reto a Mario. Y por otro lado, la angustia la había atormentado hasta las lágrimas al ver a Santiago rodeado de sus amigos, sonriendo a todo el mundo, ignorándola, mientras abrazaba en un vals a su esposa y los demás los aplaudían, dejándolos solos en la pista. Sacó a Mario al parque para no mirar la obscena felicidad de la pareja, y para no escuchar las risas de una alegría que la lastimaba tanto.
Ël había jugado con ella. Sólo había sido su deleite oculto de hombre vanidoso, acostumbrado a la lisonja, adulado por tantas mujeres como conocía.
La había dejado desnuda, sin la seguridad que la caracterizaba, sin ganas de amar a otro, sin su pasión por el canto, sin dignidad.
Había pensado que esa noche ante el temor de perderla, él le haría una escena, la increparía delante de todos y entonces, ella le explicaría, que no habría otro en el mundo que le hiciera sentir lo que sentía por él, lo calmaría a besos, lo abrazaría, lo envolvería con su ternura de mujer enamorada.
Pero él se había mostrado como era, frío, distante, y la había agredido con su baile, con la postura de su cuerpo pegado a otra mujer que no era ella.
La había herido de muerte.

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Después de tantos años aún me conmueve esa canción, aunque Luis Miguel le da otra cadencia, no logro reponerme de la tristeza que me produce.
Definitivamente, me tomaré otro café y no volveré a este lugar.
Diez minutos después se pone de pie para irse. Observa extrañado que hay gente rodeando una vitrina, se pregunta si será una exposición de objetos o de alguna oferta. Se acerca intrigado y lo que ve le produce un golpe en el pecho: un par de guantes de fiesta, un cuello de encaje y una boina azul asoman en un estante de vidrio , adornado además con algunos pimpollos de rosas rojas.
Su sorpresa no tiene límites al reconocer las pertenencias de Margot. Asombrado observa a un hombre canoso que mira con avidez y gesto hosco, al pequeño prendedor en forma de ancla, con dos brillantitos, que a Mario en más de una oportunidad le había llamado la atención, pues, había visto a Margot acariciándolo como en un movimiento inconsciente. Pendía siempre sobre el lado izquierdo de su ropa. Pregunta como si no supiera: “_¿A quién pertenecieron estas cosas?”. El hombre parece que no va a responderle, por fin, lo hace mirándolo inquisitivamente: “_A Margot, una mujer que cantaba en este café hace muchos años.”
Sale del lugar decidido. Tiene algo en mente.
Vuelve. Al entrar llama al mozo. “_ Mirá, te traje esto para la vitrina.”
“-¡Es Margot !”. El muchacho lo mira con admiración._ ”¿Usted la conoció? Yo he visto fotos de ella en alguna revista que la recuerda, pero ésta es una fotografía personal! ¿Cómo es que la tiene usted?”
“ _Porque fue mi gran amor, pero hoy termino de enterrarla.”
Se aleja con paso lento y sin advertir, la mirada rencorosa de un hombre con canas que apoyado en su bastón, lo sigue hasta que se pierde allá lejos, donde se juntan las rectas de la calle.
Norma Aristeguy

PEÑA FORATATA

PEÑA FORATATA
AUTOR: LUIS ANDREU

Para Aristeguy Norma Para marcar o ínicio de uma amizade 28/5/2011

Para Aristeguy Norma Para marcar o ínicio de uma amizade 28/5/2011
FOTOGRAFÍA DE MARÍA BRANCO REAL

FOTOGRAFÍA DE TERESA MARTÍN. (PRAIA DAS CATEDRAIS)

FOTOGRAFÍA DE TERESA MARTÍN. (PRAIA DAS CATEDRAIS)
con todo mi cariño te la dedico NORMA ARISTEGUY

GALICIA.FOTOGRAFÍA DE JORDI NAVARRO

GALICIA.FOTOGRAFÍA DE JORDI NAVARRO
dedicada con cariño a mi amiga argentina Norma Aristeguy

HOMENAJE A ERNESTO SÁBATO

HOMENAJE A ERNESTO SÁBATO
GRACIAS MIGUEL CABEZA POR TU HOMENAJE EN LA WEB LITERARIA